La vida da muchas vueltas…

Kenshin y Kaoru

Si alguien me dijese hace 7 años el punto en el que estaría ahora, probablemente no le creería.

Cuando miro hacia atrás, veo muchos cambios y muchas experiencias, pero sobre todo una búsqueda que no acababa.
Atada a un mundo que no me contaron que fuese tan injusto, recién salida de mis estudios. Comencé mi vida en Madrid centrada en mi carrera profesional, dejando a un lado cualquier cosa que pareciese un lastre para la misma. Mis sueños eran altos, y siempre me enseñaron que uno con trabajo podría cumplir lo que se propusiera. Así que, las asociaciones profesionales se sucedieron, al igual que los trabajos mal pagados. En una vida que parecía una lucha constante por la supervivencia, dejé a un lado todo para convertirme en una especie de máquina de trabajar hambrienta de encontrar un lugar donde por fin estar a gusto. Donde la economía y mi sed de cumplir mis altas expectativas se diesen la mano para comenzar a disfrutar de la vida como yo quería.

Pero las cosas no siempre salen como uno quiere,  y cuando te aferras a algo que no está hecho para ti, la vida se encarga de ponerte de nuevo en tu sitio. Después de muchas paredes en el camino, mi inclinación natural por pensarlo todo, hizo que un día tomase la decisión de cambiar de rumbo. Fue entonces cuando todas las piezas comenzaron a encajar como si de un puzzle se tratase.

Tras una conversación que recordaré siempre con nuestro querido amigo Jacinto, decidí poner un punto y aparte en mi historia, y comenzar de nuevo. Y fue en ese instante, cuando todo cambió.

A partir de ahí una conversación en Facebook despertó lo que por aquel entonces yo tenía por causa perdida. Y fue una persona tan sincera y directa como Amilcar la que me hizo plantearme volver a creer en lo que algunos llamaban “amor” pero que yo hasta entonces catalogaba como “problemas”. Porque seamos sinceros, a mi alrededor había tantas “parejas” disfuncionales, que no me daba ninguna gana de plantearme siquiera tener algo parecido.

¿Pero qué pasa cuando te pones a “reconocer” a una persona y te das cuenta de que vuestros mundos encajan? Entonces yo, que siempre me he guiado por lo que el corazón me dice, decidí tirarme a la piscina o al océano, porque nunca he sentido a una persona tan cerca, estando tan lejos. Y no puedo sino agradecer haber nacido en el siglo XXI por hacer posible lo que antes hubiese sido imposible.

En los meses que un océano nos separaba, nuestros corazones comenzaron a latir al mismo ritmo. Eran horas y horas de citas con Skype. De días enteros pegados a un monitor hablando de todo: de la vida, de nuestras experiencias vividas, de nuestras familias, de nuestro pasado, presente y futuro. Recuerdo despertarme con un mensaje suyo, pasar el día hablando con él y no irme a dormir sin antes haberle dado las buenas noches. Siempre recordaré la emoción y el vuelco que me daba el corazón cuando nos llamábamos. Y siempre atesoraré el recuerdo del día en el que nos dimos cuenta de que no es la primera vez que él y yo escribimos esta historia juntos.

La vida no obstante nos regaló sustos a los dos. Curiosamente similares en su divergencia. Quizá el Universo nos estuviese poniendo a prueba para ver, hasta qué punto el vínculo recién creado era verdaderamente fuerte. Puedo decir que el hilo del destino es irrompible, porque si en la distancia superamos lo que superamos, estando juntos tenemos que ser invencibles.

En uno de los momentos más difíciles de mi vida, encontré en él el apoyo y el desahogo que necesitaba. Y fue lo mismo lo que yo le ofrecí cuando él pasó uno de los momentos más delicados de su vida.  Mirando hacia atrás, entiendo que la vida nos estaba demostrando quiénes éramos, y cómo reaccionamos ante las adversidades. Casualmente, ambos siempre elegimos lo que elegiremos siempre, la familia, el compromiso, y la determinación de que no hay nada en este mundo más importante que los tuyos.

Y en medio de todo el alboroto, siendo conscientes de que ya no éramos nada el uno sin el otro, decidimos que nos encontraríamos en España. Y fue así como después de uno de los viajes más bizarros de la historia, Amilcar llegó a mis brazos. Y así como cuando Kenshin volvía de la batalla, Kaoru ahora podía decirle “Okaeri” mientras él susurraba “Tadaima“. Porque nuestra historia está llena de simbolismos que sólo son comprendidos si conoces la historia de ese joven espadachín.

 

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